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La Vid Verdadera

Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos; el que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. JUAN 15:4-5

El Pan de Vida

Jesús les dijo: Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás. JUAN 6: 35

El Buen Pastor

Yo soy el buen PASTOR; el buen PASTOR su vida da por las ovejas. Juan 10: 11

El Espíritu Santo

Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. El me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber. JUAN 16:13-14

Los Campos

He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los CAMPOS, porque ya están blancos para la siega. JUAN 4:35

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La Sangre de Abel y la Sangre de Jesús

Por Pastor Charles H. Spurgeon

"Y él le dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra." Génesis 4: 10."A Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel." Hebreos 12: 24.

La Sangre de Abel y la Sangre de Jesús

Por Pastor Charles H. Spurgeon

"Y él le dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra." Génesis 4: 10."A Jesús el Mediador del nuevo pacto, y a la sangre rociada que habla mejor que la de Abel." Hebreos 12: 24.

El primer derramamiento de sangre humana fue un ensayo muy terrible. Independientemente de que el golpe asesino de Caín haya sido premeditado o no, la vista de un cuerpo humano sangrante debe haber sido una terrible novedad para él. Caín no había sido endurecido por la lectura de los detalles de una guerra, o por escuchar narraciones de crímenes; el asesinato era un nuevo terror para la humanidad, y él, que fue quien encabezó tal violencia, debe haberse llenado de un confundido asombro con el resultado de su golpe, y de temor por sus consecuencias. Me parece verlo de pie junto al cadáver, por un instante paralizado por el terror, sobrecogido por el espectáculo de la sangre. ¿Acaso los cielos lanzarían fuegos malignos sobre él? ¿Acaso la tierra ensangrentada produciría veloces vengadores desde su suelo asombrado? ¡Cuántas preguntas deben haber surgido en la mente del asesino!

Pero, he aquí, la tibia sangre de vida fluye en un arroyo carmesí sobre la tierra, y un consuelo espantoso se abre paso en la mente del perverso culpable, cuando observa que la tierra absorbe la sangre. No se queda acumulada en un charco, sino que la tierra abre su boca para recibir y ocultar la sangre de su hermano. Tristes recuerdos salpican la hierba y tiñen de rojo el suelo, pero aun así el terrible charco se está secando, y el asesino siente un gozo momentáneo.

Tal vez Caín se alejó de allí imaginando que ese terrible asunto había terminado por completo. Había realizado el acto y ya no podía revertirlo; había asestado el golpe, deshaciéndose de la presencia de alguien que era detestable para él; la tierra se había tragado la sangre y el asunto había llegado a su fin por lo que no había necesidad de pensar más en ello. En aquellos días no existía ninguna maquinaria policíaca, ni ley, ni jueces, ni horca, por lo que Caín sentía muy poco o ningún miedo. Era un hombre fuerte y robusto y no tenía a nadie que lo castigara, nadie que lo acusara o lo reprendiera, excepto su padre y su madre, y ellos, probablemente, estaban demasiado abrumados por el dolor y demasiado preocupados por su propia ofensa, como para mostrar resentimiento hacia su primogénito. Por tanto Caín se imaginaba que su acto quedaba en un silencio sin palabras y que ahora el olvido cubriría su crimen, de tal forma que él podría continuar su camino como si no hubiera hecho nada. Sin embargo, no era así, pues aunque la sangre estuviera callada en la endurecida conciencia de Caín, alzaba su voz en otra parte. Una voz misteriosa se elevó más allá de los cielos; llegó a los oídos del Invisible, y conmovió el corazón de la Eterna Justicia, de tal forma que atravesando el velo que oculta al hombre del Infinito, Dios se reveló a Sí mismo y habló a Caín; "¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra." Entonces Caín comprendió que la sangre no podía ser derramada vanamente, que el asesinato sería vengado, pues había una lengua en cada gota de esa esencia vital que fluía de la humanidad asesinada, que prevalecía ante Dios, de tal forma que Él interpondría y mantendría una solemne averiguación al respecto.

Hermanos, el experimento que fue llevado a cabo en el Calvario fue mucho más terrible, puesto que no fue el primer hombre sacrificado, sino el propio Hijo de Dios; Él, que era hombre pero que sin embargo era más que un hombre, Dios manifestado en carne; fue un experimento terrible cuando habiéndolo arrastrado ante el asiento del juicio y habiéndolo condenado, a los gritos de "¡Fuera, fuera, crucifícale!" en verdad se atrevieron a tomar los clavos y clavaron al Hijo de Dios en el madero maldito, levantando Su cuerpo entre la tierra y el cielo, y contemplando Sus dolores hasta que concluyeron en Su muerte, cuando traspasaron Su costado, y en el acto fluyó de allí sangre y agua. Sin duda Pilatos, que había lavado sus manos con agua, pensó que ningún mal se derivaría de ello. Los escribas y fariseos prosiguieron su camino diciendo "hemos silenciado la voz acusadora. Ya no se escuchará más el clamor de Quien decía '¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!' Ya no seremos molestados más en nuestra hipocresía y formalidad por la presencia de un Ser puro y santo, cuya sencilla honestidad era una dura censura para nosotros. Lo hemos asesinado, lo hemos matado sin justa razón, pero ya le pusimos fin. Esa sangre no tendrá una voz."

Muy poco se imaginaban que aquel clamor de Jerusalén ya había subido al cielo: "Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos," siendo registrado en las tablas de la justicia, y muy pronto Jerusalén se convirtió en la casa de un tesoro de dolor y una guarida de miseria, de tal forma que no había habido nada parecido a su destrucción, ni la habría tampoco, sobre la faz de la tierra. Mucho más deleitable es el hecho que otra exclamación más melodiosa subió al cielo desde la cruz del Calvario. "Padre, perdónalos," resonó desde las heridas de Emmanuel.

La sangre de Abel no carecía de voz y la sangre de Jesús no era muda; clamó para ser oída en medio de los tronos del cielo, habló a favor nuestro y no en contra nuestra; no habló cosas malas, como pudo haberlo hecho, sino habló mejor que la de Abel. No solicitó una venganza más fiera que esa que cayó sobre Caín, no pidió que anduviéramos errantes y fugitivos sobre la faz de la tierra, para luego ser al fin desterrados de la presencia de Dios y arrojados al infierno, sino que clamó "Padre, perdónalos," y prevaleció, y la maldición fue quitada, y una bendición vino a los hijos de los hombres.

Esta mañana nos proponemos sujetar nuestro sermón al tema de la voz de la sangre de Abel y la voz de la sangre de Jesús, comparando la una con la otra. Ambas hablaron. Eso es evidente. Abel, muerto, aún habla por ella, dice el apóstol, y nosotros sabemos para nuestro consuelo permanente, que la sangre de Jesús intercede ante el trono eterno. Toda sangre tiene una voz, pues Dios es celoso de su preservación, y la sangre de los hombres justos y excelentes tiene todavía un discurso más celestial. Pero la voz de la sangre de Jesús sobrepasa por mucho a todas, y en medio de diez mil voces lleva la palma.

I. En primer lugar, LA SANGRE DE JESÚS HABLA MEJORES COSAS EN GENERAL.

¿Qué dijo la sangre de Abel? ¿Acaso no fue una sangre de testimonio? Cuando Abel cayó a tierra bajo el garrote de su hermano, dio testimonio de la religión espiritual. Caín era amante de una simple adoración externa, en la cual no cabía la fe. Él amaba una adoración de espectáculo y pompa; el adornaba su altar con frutas y lo decoraba con flores; la suya era una religión de gusto y elegancia, una religión inventada por él; pero estaba exenta de toda referencia espiritual, creyente, y humilde relativa al Libertador espiritual. Abel, en contraste, estaba allí como el profesante de una religión sin adornos, una religión de fe en el sacrificio prometido. Sobre el altar estaba un cordero, sangrando por su herida mortal, y colocado dispuesto para el holocausto; era un espectáculo espantoso en el que el buen gusto no se podía deleitar, algo de lo que los amantes de lo bello huirían con rapidez. Abel había elegido tal ofrenda porque Dios la había elegido, y porque era el medio adecuado para conducir su fe al verdadero objeto, al Señor Jesús. Por medio de la fe, Abel vio en el cordero sangrante el memorial de la grandiosa propiciación del Señor por el pecado, que no podía verse en la ofrenda de los frutos de la tierra que hizo Caín, independientemente de cuán gustosa podía ser esa ofrenda.



Sermones - Pastor Charles H. Spurgeon

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