La Trinidad

Decimos que Dios es trino –tri-uno– convencidos de que así Dios se autorrevela en la Biblia. Afirmamos, pues, la Trinidad, la trinidad de Dios. Dios es uno. Esta es una afirmación básicas de toda la tradición judeocristiana. Somos monoteístas. Dios es uno, no varios. La unidad de Dios no es como la unidad de un matrimonio: Dios no es el resultado de la unión de entidades separadas. La deidad de cada una de las tres personas –Padre, –Hijo, Espíritu Santo– se reconoce claramente en las Escrituras, y la tenemos que afirmar como un artículo de fe. Cada persona es cualitativamente lo mismo. El hijo es divino exactamente de la misma manera que el Padre, lo que también afirmamos del Espíritu santo.

No hay contradicción en afirmar que Dios es trino y uno a la vez. La supuesta contradicción es aparente, no real. Una contradicción real seria afirmar que Dios es uno y no uno a la vez; o que es trino y no trino a la vez. Dios es, contra todos los modalismos, tres todo el tiempo y en cada momento. Contra todo triteísmo, afirmamos que Dios es uno todo el tiempo y en cada momento. Nunca deja de ser uno, y nunca deja de ser tres. Aunque no lo entendamos, no hay contradicción. La iglesia, en su lucha por expresar esta verdad encuentra la solución en afirmar que Dios es uno y trino en maneras un poco diferentes. Para decirlo, la iglesia emplea los términos <<persona>> y <<sustancia>>. En persona Dios es tres: en sustancia es uno. El problema de entender completamente el significado de estos términos no eta solamente resuelto, pero la compresión de la iglesia es suficiente para afirmar que esta doctrina es un reflejo válido de la autorrevelación de Dios en a la Biblia.

La Trinidad es eterna. No solamente afirmamos que Dios es eterno sino también que eternamente Dios es trino. Siempre ha habido tres: Padre, Hijo, y Espíritu Santo; y todas estas personas siempre han sido igualmente divina. Ninguna de ellas llegó a ser en un punto del tiempo, ni llegó a ser divina en un momento histórico. Nunca ha habido una alteración en la naturaleza divina; siempre ha sido lo que es y lo que será.

Puede haber una subordinación aparente (no real) en cuanto a la revelación de las obras de cada persona de la Trinidad. La manifestación en el tiempo de sus <<funciones>> particulares pude dejar la impresión de una subordinación, pero en esencia las tres personas de la Trinidad son eternamente iguales. Cada una de las personas tiene su función (o papel) particular, pero esto no implica ninguna subordinación en su esencia.    

La doctrina de la Trinidad es incomprensible. O sea, es un misterio. Sin embargo, la revelación es suficiente para afirmar la verdad de la doctrina. Dios es infinito y nosotros somos limitados en nuestro entendimiento y en nuestra comprensión. La doctrina de la Trinidad va más allá de la razón, pero no está en conflicto con la razón. La doctrina de la Trinidad excede a nuestra capacidad de saber y entender; pero nuestras limitaciones no son razón para negar la clara revelación de Dios.

La dificultad en relación con la doctrina de la Trinidad no está tanto en el conocer a Dios tal como se revela; sino más bien en los límites del lenguaje humano para expresar lo que podemos conocer por la revelación de Dios. El uso de los términos en otras áreas de la vida, con otras connotaciones, estorba nuestra expresión. Aquél que nos llama a conocerle se nos presenta por medio de su revelación a nuestra conciencia; podemos aprender lo que dice, pero no podemos comprenderlo. Podemos responder significativamente a lo que sabemos, pero no podemos explicar lo que sabemos. Agustín de Hipona, que de todos los teólogos fue el que logró decir más sobre esta doctrina, llegó a la conclusión de que la razón por la cual hablamos de la Trinidad no es porque tengamos algo que decir sobre el asunto, sino porque, a pesar de lo inadecuado del habla humana tenemos que decir algo.

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